Crónica de una democracia en construcción

Autora:  Mariana Denhí E. R.

Durante el último año las urnas nos han convocado 3 veces, mismas 3 ocasiones en las que he podido participar como observadora o representante de morena. Me ha parecido una experiencia bellísima ser testigo de la vida que hay en cada papeleta marcada. Comparto, pues, mi narración sobre lo observado en la Escuela Primaria General Anaya de la Colonia Portales en la Ciudad de México. Éste es apenas un suspiro de todo lo que como pueblo mexicano vivimos durante el ya marcado en la historia, domingo 11 de abril del 2022.

***
La Escuela Primaria General Anaya está ubicada en la calle Emilio Carranza y fue la sede de la casilla para la sección 4404. Dividida en 3 mesas: básica, contigua 1 y contigua 2, abrió sus puertas a las 7:28 para recibir a las y los funcionarios de casilla, quienes apenas pusieron pie sobre el patio principal, iniciaron su trabajo. Detrás de ellos entramos las y los representantes de partidos: 4 personas de morena, una del PAN. Al entrar a la escuela me sentí especialmente alegre al ver el papel crepé, brillante y recién colocado, bordeando uno de los pizarrones. Hemos vuelto a las clases presenciales.

A eso de las 7:35 llegó la representante del INE con la presidenta de la casilla Contigua 1, la mesa que me correspondía. Me acerqué con ellas y nos presentamos. Después de unos minutos se acercó el conserje de la escuela, el bigotes (quien disfruta las apuestas, pero jamás apostaría su bigote), con una silla para mí. Como representantes de partido tenemos prohibido tocar el material del INE, incluso las sillas, y sí, incluso si no se están usando.

A las 8:13 ingresan las y los primeros electores, sin embargo en mi mesa no llegó un escrutador y el protocolo dice que hay que esperar hasta cierta hora para hacer los cambios necesarios. Es impresionante la burocracia del INE reflejada en algunos protocolos del estilo. El representante del PAN y yo nos pusimos de acuerdo para que él firmara las boletas, pero cuando expresamos nuestra voluntad, la funcionaria del INE nos dijo que debíamos decidirlo a través de un volado. Nosotras nos reímos pensando que estaba bromeando, pero ella nos exigió hacer el volado muy seria, ¡cómo se nos ocurría ponernos de acuerdo!

A las 8:37 recibimos, finalmente, el primer voto: una señora adulta mayor que se acercó a la mesa con una gran sonrisa y emoción. Desde ese momento la participación de personas de 60 años o más fue la mayoritaria.

Llega una señora, trae una credencial nueva, le dicen que no está en la lista y por lo tanto no puede emitir su elección. Ella pregunta qué puede hacer, le dicen que vaya al tribunal. Se acerca otra señora, su hija, pide la dirección y pregunta hasta qué hora cierran la casilla. Hace cálculos, mira a su mamá, se van. Horas después llegan otras mujeres de la misma familia: “su hermana no pudo votar”, le dice la secretaria.

No es la primera persona a la que le niegan el voto ni será la última: al menos unas 8 personas llegaron con credenciales nuevas.

 

La comida y los derechos

A eso de las 10:00 llega Héctor, nuestro coordinador, con el desayuno. En otra ocasión me dieron una cocacola con un sándwich y me molesté porque estábamos en medio del debate sobre el etiquetado frontal y viviendo la disputa entre la salud como mercancía y la salud como un derecho. Yo no podía entender cómo el partido nos entregaba una cocacola. Esta vez, en cambio, recibí un juguito de manzana, una empanada de champiñones y ¡una alegría! Corroboro que vamos ganando en el terreno de nuestros derechos: nos hace falta mucho para lograr soberanía y autosuficiencia alimentaria, pero al menos ya vamos hacia esa dirección.

Una niña llega con su mamá, va escuchando la canción del vampiro negro de Luis Pescetti. Tacha la papeleta con su mamá. Los funcionarios le piden a la mamá su mano para marcarle el dedo, la niña se acerca mirando la tinta, sube su manita. Los funcionarios no se percatan y guardan la tinta. La mamá camina hacia afuera de la escuela y con ella su hija, su dedito sin marcar y la voz de Luis Pescetti: “Escubidu, bi, du, bidu, bidu, bidu…”

***
Un niño llega con su mamá, van tomadas de la mano. Las funcionarias le piden la mano a la madre para marcarle el dedo e inmediatamente después le dicen al niño: “tú también préstanos tu dedo, viniste a participar.” El niño se pone feliz. Van a la mampara, la mamá le dice algo mientras señala su elección y él escucha con mucha atención. Depositan su papeleta en la urna y se alejan, el niño va mostrando su dedo entintado mientras brincotea feliz.

Después de tantos años de acudir a las urnas sin esperanza, en 2018 nos dimos cita para modificar el curso de nuestra historia: no hubo quién pudiera silenciar nuestra voz. Cuando vi a las y los niños brincar en el patio de la Escuela Primaria General Anaya, deseé que nunca les sea arrebatada la alegría de salir de una casilla de votación, o cualquier otro lugar, sabiendo que su voz cuenta y que el resto de las personas tenemos la obligación de consultarles y considerarles cuando de decisiones sobre se trata.

 

Democracia es…

La secretaria de nuestra mesa lleva toda la jornada quejándose porque ha estado “todo el chingado día aquí”. En una de esas voltea y me dice: “Marianita ya ha de pensar ¡vámonos que ya quiero ver a mi novio!” Además de mí, está el otro funcionario de casilla y el representante del PAN, pero por supuesto ese es un comentario que sólo le harían a una mujer, asumiendo porque sí que tengo pareja, que es hombre y que estoy sufriendo porque ya lo quiero ver.

¿Cuándo dejaremos de hacer comentarios así?, hay que comprender que construir democracia pasa también por dejar de pensar que las mujeres existimos en función de un hombre.

Entre las 3 y las 5 llegan menos personas a votar, de entre las cuales dos mujeres de veintitantos años. Además de ellas, he visto hasta el momento otros 4 ó 5 jóvenes. El neoliberalismo no sólo nos ha tatuado el “son todos iguales”, sino también que no hay futuro ni esperanza. Me duele pensarlo. Tenemos una fuerte tarea por delante: la revolución cultural, la revolución de las conciencias.

A las 5 comienza una lluviecita. Entran 6 personas corriendo a la escuela. Después de unos minutos la lluvia cede, pero la participación no. La última persona que deposita su decisión en la urna es una señora adulta mayor. La Escuela General Anaya cierra sus puertas a las 18:01.

 

El conteo

Hay 202 votos depositados en la urna de la Casilla Contigua 1 de la sección 4404 en la colonia Portales de la Ciudad de México. 201 votos de los vecinos y vecinas de la colonia, más 1 mío. Ni la secretaria, ni el escrutador, ni la presidenta, ni el representante del PAN votaron. No termino de entender cómo decides dedicar todo tu día a la jornada y no votar.

Una persona tachó “que siga” y además escribió “qué viva Pancho Villa.” La presidenta al verlo dice: “este voto es nulo” y lo avienta. Le discuto que es válido, me hace caras e insiste que no. Les pregunto a las otras funcionarias: opinan que es válido y a favor de que Andrés Manuel siga en la presidencia.

La presidenta adopta una actitud prepotente y los otros dos terminan cediendo. Insisto en continuar discutiendo el tema, pero la presidenta se molesta más y dice: “el imbécil éste escribió que viva Zapata para anular su voto, este voto es nulo.”

La coordinadora del INE escucha el comentario y se la lleva a un ladito. Regresa después de un momento y aprovecho para preguntarles cuál es la decisión final. La secretaria dice: “para mí es neto a favor de que siga”, el escrutador se suma.

En esta nueva etapa de nuestra historia no es el dinero quien tiene la última palabra, sino la voluntad del pueblo: de los 202 votos, 168 son a favor de que nuestro presidente siga, 33 por la revocación y 1 nulo.

Salgo a acompañar a que peguen las sábanas de resultados. Un señor que estaba parado afuera se acerca con su celular, mira las actas y sonríe, nos vemos y asentimos con la cabeza. Llega un poli a tomar su foto, sonríe también. Sacan la última acta y el señor me dice alegre: “¡tenía que ser!” Nunca olvidaré su mirada.

La colonia está llena de casas bellísimas con jardines frontales y muchas flores. Después del cierre de la casilla y en nuestro camino hacia donde está nuestro coordinador, mis compañeros y yo vamos a paso lento admirando las casas y platicando. Finalmente llegamos a la calle Zacahuitzco, donde Héctor nos espera. Está afuera de un kinder- casilla donde la participación fue mayor, pero la proporción entre ambas opciones se mantuvo. Le entregamos nuestros reportes, nos agradecemos y nos despedimos.

Camino un poco más y me encuentro con mi mamá. Me mira feliz y me abraza: “ay, se me van a salir las lágrimas.” Está muy emocionada por todo lo que ha pasado durante el día. Siento sus brazos y su sonrisa y confirmo: Estamos haciendo historia.

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