De la ausencia de paz

La paz puede ser un concepto bastante inasible. El extenso mosaico cultural y social de México, en el que, para ciertos grupos, la paz sería incompatible con la explotación que tiene lugar en el capitalismo, con los megaproyectos o desde la antípoda política, incompatible con la demanda de laicidad en los colegios, el derecho al aborto, o con la Venezuela de Maduro, personaje del que dicen, no puede venir nada bueno.

Sin embargo, el concepto de paz, tampoco llega al extremo de ser incomprensible, inaccesible o irreconciliable, si se tiene en cuenta que ha venido instalándose un proceso por el que una buena parte de los mexicanos se identifica en contra de la guerra que se incentivó en nuestro país, especialmente en el período denominado neoliberalismo, y que más recientemente ha dado muestras claras, incluido el plano electoral, de rechazo en la mayoría de los sectores que componen el conjunto nacional.

Ese rechazo, tiene quizás, como símbolo más claro, la movilización social posterior a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa del 26 de septiembre de 2014, y en donde la consigna “fue el Estado”, a pesar de la heterogeneidad social que se presentaba en las protestas de muchas ciudades del país, evidenciaba, justamente, un bloque contra la violencia que el régimen de acceso al poder de un reducido número de grupos, abanderados electoralmente por el PRI y el PAN, habían arrojado sobre la mayoría de la población. ¿Qué ha sido esta guerra?, es una pregunta por la que la paz en nuestro país tiene una raíz profunda y definitiva.

Un libro que polemizó ciertos círculos sociales de los años sesenta del antropólogo norteamericano Oscar Lewis, Los Hijos de Sánchez, se basaba en un modelo conceptual que, entre otros aspectos, resaltaba la orientación hacia lo local y lo presente de aquellos que pertenecían a la subcultura de la pobreza. Un aspecto tangible, entonces, de sus sistemas de vida, era la ausencia del Estado y, en consecuencia, la resolución de sus problemas cotidianos, en la medida que permitiera su marginalidad, se explicaba porque la cultura de la pobreza expresa un conjunto de soluciones locales a sus problemas. Por eso, ante la ausencia de atención médica acudían al curandero o con la comadrona, y sin servicios de maternidad, ancianidad o educación, tenían una esperanza de vida menor y se integraban al trabajo infantil.

He traído esto a cuento, porque intento remarcar que el período neoliberal ha implicado una forma muy particular de relacionar a la mayoría de la gente en México con el Estado, y que a pesar del rechazo mayoritario a lo que reiteradamente ha sido considerado como un narcoestado, puede haber algunos signos de la formación de una especie de subcultura, si no en todos los casos antiestatal, sí, resueltamente extraestatal,  o si se quiere informal, resultado del intento de sobrevivir en esta situación.

Qué hizo la gente en este período, cuando se desmantelaban las instituciones de salud, con sus hospitales inacabados y vacíos, con la disminución de la planta laboral médica, la falta de especialistas, la saturación de los alimentos chatarra, el incremento de enfermedades como la diabetes, la disminución de la capacidad adquisitiva, y el encarecimiento de la canasta básica, el desempleo y el subempleo. Pero también, con el abandono a la infraestructura escolar, la contaminación de ríos, mantos freáticos, cuerpos de agua, la proliferación de los cambios de uso de suelo y la consecuente formación de asentamientos urbanos mal comunicados y carentes de servicios. Pero, sobre todo, que ha hecho la gente ante las desapariciones forzadas, las complicidades, omisiones, negligencias y revictimizaciones de autoridades de los tres niveles de gobierno; ante las ejecuciones extrajudiciales, los secuestros, el robo con violencia, la violencia sexual, los feminicidios. 

Qué ha hecho la sociedad mexicana frente a masacres como la  ocurrida en el municipio de Allende, Coahuila, de la que francamente casi no se habla, apéndice del enclave de los Zetas en Piedras Negras, lugar de origen de Maricela Escobedo, quien tras denunciar el feminicidio de su hija fue asesinada en la ciudad de Chihuahua un año antes de la masacre.

Aunque las respuestas son diversas, y de consecuencias económicas, políticas y sociales de tan diferente naturaleza, sí existe un denominador común: el Estado no contribuye a la paz. “Fue el Estado” es la denuncia más clara de que la guerra vino con ese Estado. O si se quiere, en la complejidad del contexto neoliberal, el peligro en los ámbitos económicos y sociales, acompañó a ese Estado.

El reciente arresto en los Estados Unidos del General Salvador Cienfuegos Zepeda y la posterior suspensión de su proceso judicial en ese país para posibilitar su regreso a México, ha sido considerado de manera más extendida por la prensa mexicana como un hecho inédito, de consecuencias insospechadas, y al que se le atribuye el chantaje de un sector elite del ejército mexicano coloquialmente conocido como “El Sindicato”, que presumiblemente habría logrado doblegar a la Presidencia de la República y a las autoridades judiciales norteamericanas.

De la detención del General, efectivamente, es lógico suponer y esperar consecuencias graves, pero es muy difícil afirmar que es congruente con la actuación de aquellos que a nivel nacional se oponen a la distribución de la riqueza que impone el Gobierno actual. Por eso mediáticamente el peso de la noticia recae sobre el gobierno de López Obrador. Pero para uno que es ciudadano común, no es acaso lógico preguntar que, si el ejército mexicano y las autoridades de seguridad en el país están metidos hasta el fondo del lodo de la violencia y la delincuencia, qué ocurre con Gobernadores, Presidentes municipales, policías, en fin, con el Gobierno. Es muy grave, se dice por todas partes, pero a poco no sabíamos (?).

Es por eso que lo resaltable, no me parece, por un lado, el detalle periodístico de si tal cual agencia antidrogas es expulsada del país o sus consecuencias en el negocio del narcotráfico, cómo tampoco, por otro lado, el detalle electoral del 2021 o la revocación del mandato del Presidente de México, e incluso tampoco, si se viene dando el caso de que el Estado recupere el terreno de sus obligaciones constitucionales y redistribuya mejor su riqueza.

El centro de la reflexión en la que podemos cada uno ir contribuyendo en el debate tiene que ser la paz, y de ahí definir el peso específico que distintos aspectos de la política y la sociedad mexicana tiene en su consecución.

La pregunta por el General Cienfuegos y su situación judicial, o por eventos tan disimiles como la aprobación de la Ley Olimpia, la disminución del precio de los combustibles o los operativos en puertos y aduanas, es si contribuyen o no a la construcción de la paz. Ese es, me parece, uno de los componentes más importantes de la voluntad para hacer de lo político un quehacer democrático.

 

 

 

 

 

LEE:  Algunos retos que tendrá que enfrentar la “Guía ética para la transformación de México”

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