Discurso populista, clase media y la construcción de conciencia de clase

Algunos analistas políticos que escriben para medios conservadores reducen la “retórica populista” a una mera y llana manipulación discursiva donde creen que el líder populista sólo busca producir y reproducir el enojo entre la población para polarizar, tomar partido por uno de los polos y apostar que el otro polo lance ataques para garantizarse así un lugar legítimo y protagónico en el conflicto social. Esos analistas ahora intentan hacer pasar a la llamada clase media como una especie de enemigo interno en el discurso de Andrés Manuel López Obrador sacando frases de contexto, presentando a AMLO, a su vez, como el enemigo público número uno de la clase media. Y para capitalizar aún más ese discurso, curiosamente, están extendiendo su rango de aplicación, tratando de volver a la clase media un concepto socialmente transversal. Llama la atención que ahora Brozo y Denisse Dresser digan ellos mismos que son “clase media”, cuando en realidad ellos son élites. Sin embargo, esa manera de entender el discurso populista, desde la posición ideológica liberal y desde la condición social del privilegio sólo lleva a conclusiones excesivamente simplistas. Muy típicas del liberalismo político rancio, hoy en crisis. 

Si el enojo fuera la única causa que explicara el éxito del discurso populista de AMLO ¿Por qué en México no hay otros discursos populistas iguales o más exitosos que el de él? Ya desde aquí podemos advertir que la crítica liberal, disfrazada de “clasemediera” adolece de severas limitaciones epistemológicas. Pues no entienden que la población que apoya a AMLO no lo hace simplemente por enojo ante los agravios ocurridos en el pasado. Algunos de estos analistas siguen destilando un profundo desprecio elitista a las masas al tratarlos como una masa pasiva incapaz de ejercer un pensamiento crítico autónomo, y que es incluso capaz de creerse “agravios imaginarios”, supuestamente inventados por AMLO. 

Esos analistas no entienden que además del coraje contra los responsables del cúmulo de desastres neoliberales de décadas, también hay otras emociones como la esperanza y la alegría que explica el apoyo aún masivo del que goza AMLO. Lo cual, en tiempos de pandemia, es un fenómeno realmente raro a nivel mundial. A nivel social, AMLO y la 4T siguen teniendo una mayoría absoluta, más del 60% del apoyo de la población. Aunque claro, en estas elecciones intermedias, la 4T aún está lejos de consolidarse.

La gente más pobre del país no sólo se hartó de los partidos políticos decadentes y corruptos. En 2018 los sectores más pobres, y numerosos del país, votaron por el proyecto que les prometió más esperanza, que si les generó ilusión y alegría. Votaron ahora en 2021 por el proyecto que realmente los beneficia más en sus condiciones materiales al subirles salarios, al garantizar el derecho a la salud y al castigar la corrupción. Y lo seguirán haciendo en los siguientes años. Pero no solo eso, votarán por el liderazgo, el discurso y el proyecto con el que se identifican más en un plano cultural. Porque los discursos populistas no sólo son discursos de odio como plantea de manera muy simplista la pseudo-crítica liberal. Los discursos populistas tienen un nivel ontológico y cognitivo de reconocimiento y de autoreconocimiento que conecta de una forma muy singular al emisor del discurso y al destinatario del discurso. Porque en el discurso que realmente si es populista se articulan reclamos sociales, emociones, aspiraciones y símbolos o significados flotantes. 

Aquí, en este punto, conocer la obra de Ernesto Laclau se vuelve clave: el discurso populista construye unidad entre todo el mar de singularidades que existe en la sociedad y las unifica. No sólo porque el discurso refleja agravios y sed de justicia, sino porque refleja, como ya dijimos, aspiraciones (sí, los pobres también tienen aspiraciones, no sólo la “clase media”), refleja emociones, gestos culturales y cosmovisiones que otros discursos simplemente no pueden. 

Podemos hacer el supuesto de que la llamada “clase media” es reaccionaria, y que viven en un mundo de pseudo concreción, donde viven, los que Karel Kosík llama “praxis fetichizadas”, con la ilusión de que viven “en medio”, cuando en realidad están más cerca de los de abajo que de los de arriba. Aún así, aceptando sin conceder este carácter especializado de la clase media, a la reacción no le alcanzaría ni su discurso ni sus recursos para minar la hegemonía que está construyendo, de manera accidentada, AMLO en México. Porque pese a las confusiones ideológicas de la llamada clase media, la ruin manipulación mediática sobre la pandemia y el accidente del metro de la línea 12, AMLO sigue teniendo el consenso de los más pobres del país. Y ese sector ni se identifica con la clase media y, menos aún, está dispuesta a dar pasos atrás para volver a un régimen que castigó a los pobres durante décadas. 

Incluso uno de los aliados del bloque reaccionario, el dirigente nacional de la Antorcha Campesina, dijo, que mientras el bloque anti-AMLO carezca de un proyecto dirigido y comprometido con los más pobres, realmente ellos, la reacción unida en un crisol ideológico y sociológico poco estable (el llamado bloque “Va por México”), pocas probabilidades tendrán de derrotar a la 4T en futuras elecciones. Porque el proyecto nacional alternativo del bloque popular reaccionario sigue desdibujado, apelando además a un sector socialmente borroso (la clase media). 

Antes se hablaba de nostálgicos keynesianos. Hoy quizá ya se puede hablar de nostálgicos defensores del fundamentalismo de mercado, pues ese proyecto además de ser ya históricamente inviable (tal y como lo demostró Karl Polnayi en La Gran Transformación) está cada vez más desprestigiado entre la población más pobre, que no se cree la metáfora del pastel, donde supuestamente más crecimiento del pastel implicaría más porción para todos. Lo que pasó fue que el pastel creció y se concentró en unas cuantas manos, incluso reduciendo aún más las migajas que les tocaba a los de abajo. Operó en México casi de manera pura la ley general de la acumulación capitalista. Y justo por vivir las peores consecuencias del neoliberalismo en carne propia es que los sectores más pobres no votaron por el bloque reaccionario. La llamada clase media puede que tenga sus confusiones ideológicas para no sufrir tanto los estragos de la proletarización capitalista. Pero, los que están aún más abajo de la pirámide social ven y viven la historia de manera diferente. El proyecto de nación del bloque reaccionario simplemente está fuera de las aspiraciones de los sectores más pobres de México. 

El reto de AMLO, Morena y de todo simpatizante de la 4T es el siguiente: movilizar más a los sectores más pobres, y generar consciencia de clase con ese llamado sector clasemediero. Porque los pobres y los que se autonombran “clase media” son, en realidad, una misma clase social: somos todas y todos miembros de la clase trabajadora. Y no olvidemos una cosa que dijo el posmarxista Laclau, que pese a su post-estructuralismo no olvidó nunca sus orígenes militantes: que la construcción de pueblo es también construcción de una consciencia de clase. Nuestros intereses materiales de clase NO SON los intereses materiales de los principales adversarios de AMLO (los grandes monopolios de la comunicación, los banqueros, las mineras, etc.). Nuestros intereses materiales son, en el corto y mediano plazo, la restitución de los derechos sociales, la garantía del derecho a la salud, la disminución de la corrupción y del despilfarro. En el mediano plazo la recuperación del poder adquisitivo del salario, el fortalecimiento del mercado interno y de la industria nacional. Y en el largo plazo, la transición civilizatoria hacia un sistema económico y social diferente al capitalismo neoliberal. 

Josafat Hernández
Josafat Hernández
Economista y filósofo. Marxista-gramsciano. Apoyo crítico 4T.

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