El pensamiento político de Rosa Luxemburgo a 150 años de su nacimiento: Algunas lecciones para la izquierda del siglo XXI

Rosa Luxemburgo nació el 5 de marzo de 1871. Justo el año en que tuvo lugar la comuna de París, la primera gran experiencia histórica de poder obrero en todo el mundo. Luxemburgo, de origen polaca, es muy conocida por su militancia inalcanzable y por la agudeza de su trabajo teórico. Ella realizó una crítica a los esquemas de reproducción del tomo II de El Capital de Karl Marx en su obra “La acumulación de Capital”. Esa crítica abrió un debate sobre cómo entender dichos esquemas, sobre la posibilidad-imposibilidad de la existencia de un capitalismo en estado puro, sobre la necesidad de una exterioridad para que el capitalismo pudiera seguir creciendo por medio de la colonización del mundo, así como la discusión sobre los límites de la acumulación de capital, que para Luxemburgo, estaban dados a partir del carácter finito del mundo, donde el capital no podría seguir colonizando exterioridades pre-capitalistas de manera infinita. Y una vez llegado ese punto de no exterioridad, habría una caída inevitable del capitalismo, una crisis final que llevaría a la humanidad a una disyuntiva: socialismo o barbarie.

         Y justo, para evitar la barbarie, y construir el socialismo, es que Luxemburgo tuvo una importantísima discusión teórico-política con otro de los grandes del marxismo del siglo XX: Vladimir Lenin. Ambos teóricos eran, además, dirigentes de sus respectivos partidos obreros. Donde los debates tenían consecuencias políticas militantes. Luxemburgo en Alemania (donde inmigró) y Lenin en Rusia. Ambos, buscando transformar sus propias realidades.

         A inicios del siglo XX, se desató un debate sobre la estrategia y táctica que deberían seguir los partidos socialdemócratas de la época. Luego de la represión y la persecución zarista, Lenin escribe su famoso libro: “¿Qué hacer?”, publicado en 1902, donde Lenin expuso las tesis principales de lo que, luego, en el siglo XX, se conoció como el “vanguardismo”, el corazón de la teoría leninista de partido.

         Según Lenin, el partido tenía que constituirse por revolucionarios profesionales, muy bien formados en teoría y práctica revolucionaria, que se tenía que convertir en la cabeza estratégica de la clase trabajadora. La clase trabajadora, si bien vive en su día a día el antagonismo social y económico con sus patrones, suele hacer protestas “espontáneas” que llevan a los trabajadores a realizar huelgas, marchas, mítines, etc por lograr demandas concretas. Como son mejoras laborales, mejores salarios y más derechos sociales. Pero usualmente esos movimientos espontáneos, según Lenin, si bien despiertan gran efervescencia porque se apoyan en elementos emocionales, suelen ser derrotados por el sistema. O, a lo más, lograr conquistas parciales. Y en ese sentido, más bien la espontaneidad de las masas debería canalizarse por medio de una mayor conciencia y formación política, donde la espontaneidad debería dar lugar a acciones más organizadas y estratégicas que sirvan para consolidar el poder de los trabajadores frente al capital. Y para ello, es fundamental, la formación de cuadros profesionales, que se encarguen de educar a los trabajadores en la teoría revolucionaria. Porque para Lenin no puede haber práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria. Lenin, si bien consideraba necesaria la espontaneidad, le preocupaba que las acciones espontaneístas no fueran, a la larga, efectivas para impulsar transformaciones sociales. Y, sobre todo, le preocupaba la falta de disciplina de los trabajadores, en una época donde la persecución zarista obligaba a los revolucionarios a asumir una vida clandestina que implicaba, a su vez, asumir una serie de elementos de disciplina casi militar.

         Rosa Luxemburgo, cuando estalló la primera revolución rusa (en 1905) fue a Rusia para apoyar a la clase trabajadora que ahí estaba realizando potentes acciones revolucionarias, y estudió la experiencia. Luego en 1906 publicó su libro “Huelga de masas, partido y sindicatos”, donde expuso su teoría del partido. Donde la diferencia crucial con Lenin es sobre cómo teorizó la relación partido-masa y sobre todo, el papel de los cuadros revolucionarios.

         Si bien Rosa Luxemburgo estaría de acuerdo con Lenin en que las acciones estrictamente espontáneas de la masa podrían llevar a acciones poco estratégicas que los podrían llevar eventualmente a la derrota, pensaba que el vanguardismo podría generar excesos que también podrían volverse en contra de la clase trabajadora. En particular le preocupaba que la cúpula, la vanguardia de revolucionarios más capaces y decididos, sustituyera a la clase trabajadora en su proceso de lucha social. Porque esos cuadros profesionales podrían pensar que ellos, y no la masa, saben lo que la masa necesita, y lo que es mejor para impulsar la revolución. Y con esto, el riesgo era que se truncaría la capacidad de aprendizaje de la clase trabajadora. Y para Luxemburgo era fundamental no sustituir a la masa, sino más bien acompañarla, siendo parte de ella.

         El vanguardismo, según Luxemburgo, podría poner en riesgo el carácter radicalmente democrático de los movimientos sociales que Luxemburgo vio, teorizó y apoyó en Rusia. Un efecto del tipo de vanguardismo defendido por Lenin, podría ser el desligar a la cúpula de revolucionarios profesionales de las masas. Y esto podría llevar a la formación de burocracias desligadas de las bases sociales. Pero hay algo más: el vanguardismo podría terminar despolitizando y desmovilizando a la clase trabajadora. Porque más bien la masa ya no sería un ente activo que despliegaría toda su fuerza y creatividad en la lucha, sino que más bien se podría convertir en un ente pasivo que seguiría órdenes de los cuadros profesionales. Claramente, los bolcheviques, siguiendo a Lenin, ya veían la inevitable escalada del conflicto social. Donde la lucha de clases podría convertirse en guerra civil. Y quizá por eso, a diferencia del Luxemburguismo, tenían desconfianza de emplear métodos democráticos para luchar contra el zarismo, la burguesía rusa y los imperialismos de la época. 

         Luxemburgo, como más bien estaba pensando en medios más democráticos,  pensaba que el partido más bien tenía que acompañar a la clase trabajadora en su lucha. No dirigirla. Y sobre todo, tenía que acompañar a la clase trabajadora para que esta libre sus propias batallas. Claro, en el terreno de la lucha democrática. Para que de esta forma, se genere un aprendizaje colectivo, y así se pueda elevar la consciencia y las capacidades organizativas de la clase trabajadora. Para no depender de una camarilla de revolucionarios profesionales, y más bien había que estar atentos a los ciclos económicos, donde las protestas sociales podrían surgir como “huelgas de masas”, espontáneas, muchas de las cuales eran reacciones instintivas de la clase trabajadora para defender sus intereses materiales. Y el papel del partido, más que llegar a organizar y dirigir, sería, más bien el de acompañar.

         Y es que, para Luxemburgo, el riesgo de que todo fuera dirigido por revolucionarios profesionales era que terminará minando la propia creatividad de la clase obrera. Tanto rechazo a la espontaneidad de las masas, al final terminaría burocratizando todo. Se trataba, esencialmente, de la misma crítica que Nicolai Bujarín, que años más tarde, haría al socialismo estatista de Stalin.

         Los leninistas acusaron a Luxemburgo de ser “economicista” y “espontaneísta”. Economicista por asumir que las “huelgas de masas” de los trabajadores se daban sólo en momentos de crisis económicas. Y que surgían sin liderazgo y sin organización por parte del partido. También porque atribuían a Luxemburgo la idea de que el capitalismo se caería solo (por su crítica a los esquemas de reproducción de Marx), donde, según los leninistas, se ponía demasiado énfasis en las condiciones objetivas de la acción, y no en las condiciones subjetivas que ellos, como vanguardia, podían formar. La criticaron de espontaneísta porque según los partidarios de Lenin, apelar a las masas era, en el fondo, apelar a la espontaneidad de las masas. Y como toda espontaneidad es emotiva, no está garantizada la acción calculada, racionalizada ni organizada. Según los leninistas, el luxemburguismo terminaba defendiendo la renuncia del partido a su papel vanguardista, de liderazgo social, diluyendo el papel histórico del partido en una masa sin forma. Y esto equivalía, según los leninistas, a pensar que la revolución social “se haría sola”, pues esta surgiría a partir de ciclos económicos inevitables respuestas espontáneas de las masas.

         Para los leninistas el tema no era esperar, era movilizarse según las circunstancias, educar a las masas en el socialismo y darle más fuerza a los elementos subjetivos y voluntaristas para acumular fuerzas. En esto, los leninistas eran más voluntarios que Luxemburgo. La versión más fuerte de este voluntarismo vanguardista la representó el Ché Guevara, ya a mediados del siglo XX, con su teoría del foquismo, donde el “plantar la bandera” aceleraría las contradicciones y antagonismos sociales que eventualmente desataría la revolución.

         Luxemburgo al no ser vanguardista se alejaba de ese tipo de posiciones. Ella era más cuidadosa. De hecho, la vez que los espartaquistas se levantaron en armas en Berlín, ella criticó dicha medida porque ella no vió las condiciones para que dicho levantamiento popular pudiera ser exitoso. Pero perdió la votación en su partido y ella, siguiendo disciplina de partido, formó parte de esa insurrección en 1919. Tristemente ella tuvo razón, la derrota de esa insurrección y el asesinato posterior de Luxemburgo le dio la razón sobre analizar las condiciones objetivas bajo las cuales se realiza la acción social.

         Pero ella, no era una objetivista-economista como luego el marxismo-leninismo retrató, o mejor dicho, caricaturizó su postura. Luxemburgo era, más bien, una revolucionaria que creía que la revolución tendría que ser profundamente democrática. Con las masas movilizadas, y con cuadros revolucionarios acompañándolas. Se trataba, en mi opinión, de un argumento análogo al del historiador E. P. Thompson sobre la economía moral de la multitud y los ciclos de escasez de los granos en la Inglaterra del siglo XVIII, donde el tema era que había situaciones que podrían generar una protesta social generalizada (como la escasez de granos o las crisis económicas). Pero los elementos subjetivos se volvían cruciales, y estos, al igual que en Thompson, se formaban mediante la acción de la masa. Es decir, la consciencia de clase se construía en la lucha, la clase trabajadora forjaría su consciencia de clase luchando ella misma por sus propios intereses. No por medio de mera educación, basada en la agitación y propaganda usada por los leninistas. Claramente, el tema de la formación de la consciencia de clase es, en Luxemburgo, algo mucho más complejo y difícil de desarrollar que en Lenin.

         Y en esto, creo, Luxemburgo tenía en mente algo parecido a la noción de guerra de posiciones (o de trincheras) de Gramsci: la transformación social sería un proceso arduo, lento, donde la clase trabajadora iría adquiriendo más conciencia conforme el despliegue del antagonismo social. Lejos, creo, de una posición jacobina, de “guerra de movimiento” de tomar el poder, el control del aparato del estado por asalto, y desde ahí, cambiarlo todo.

         Creo que Luxemburgo no tenía en mente una transformación social desde arriba (como los leninistas, ya sea en su forma luego maoísta o estalinista). Sino más bien desde abajo, con movimientos sociales desplegados con un acompañamiento de cuadros profesionales, donde la oposición entre “reformismo y revolución” no existe, pues los revolucionarios, como la propia Luxemburgo lo dijo alguna vez, buscan las dos: reformas sociales y revoluciones. Y en ese sentido, la construcción y toma de instituciones tendría que ir acompañada, siempre, de amplios movimientos sociales desplegados en los barrios, escuelas, calles y el campo. Bases sociales amplias, movilizadas, donde si bien los liderazgos son muy importantes para construir procesos históricos progresistas, la viabilidad y continuidad de los procesos no dependa de una vanguardia desligada de las masas.

Josafat Hernández
Josafat Hernández
Economista y filósofo. Marxista-gramsciano. Apoyo crítico 4T.

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