Lecciones postelectorales para dummies 

No. Aquello de “dummies” no es literal. Vale decir: no es ofensa. Es apenas un recurso palabrario para evocar el sentido didáctico de la famosa serie de libros de aprendizaje básico. Por lo tanto, aquellos que todo lo saben –y lo que no se lo inventan– pueden prescindir de éste y otros esfuerzos del tipo, que aspiran a ensayar explicaciones pedagógicas sobre el acontecer político nacional, sin desconsiderar nunca la complejidad que involucra el análisis de un fenómeno tan nuevo e indeterminado. A propósito de este novel fenómeno, cabe recordar que en 2018 los mexicanos apoyaron masivamente un proyecto de transformación. Y en junio de 2021, apenas unas semanas atrás, refrendaron en las urnas ese apoyo. No sin claroscuros, avances y descalabros, encuentros y desencuentros, contragolpes y harakiris. 

Y tal es la materia de reflexión de la ocasión: ¿Qué lecciones dejó la elección intermedia del 2021? Muchísimas, sin duda. Y también muchísimas han sido las voces que contribuyeron a desentrañar el galimatías. A ellas dedico este modesto texto –con especial dedicatoria al compañero Antonio Helguera, QEPD–, y de ellas se nutren las cinco lecciones que recojo, y que a mi juicio condensan el vasto repertorio de aprendizajes que dejó la reciente elección.

  1. No todo es un plebiscito en torno a AMLO

Lo advirtieron algunos compañeros en el preámbulo de la elección: es una elección popular, y como tal no gravita alrededor de ninguna figura –ni siquiera la presidencial– y sí alrededor de un proyecto de nación. La opinión pública, especialmente aquella que controla/manipula la prensa corporativa, deliberadamente posicionó al Presidente en el centro de la disputa electoral. Tristemente, también la militancia del campo popular contribuimos a esa distorsión: unos por estrategia de campaña; otros por el descontento que sembró la accidentada trayectoria del partido Morena y que condujo a sobredimensionar el protagonismo de Andrés Manuel López Obrador; y no pocos por la inercia vociferante. 

Ahora bien, hay que irnos acostumbrando a la nueva realidad, y despersonalizar el debate público: de ahora en adelante, las elecciones mexicanas serán mucho más competitivas. El obradorismo es la fuerza política que parió a la «competencia electoral». Esta especie de big bang del sistema de partidos confrontará pacíficamente a los mexicanos en torno a dos visiones de país, dos subjetividades esencialmente antagónicas, dos éticas del quehacer público. Naturalmente que no todas las posiciones ideológicas están representadas en esta nueva composición partidista. Pero al menos ya cohabitan competitivamente dos grandes bloques políticos. Y la batalla transitará por las definiciones ideológicas de tales bloques y por la lealtad programática de las respectivas dirigencias y bases. En otras palabras: las elecciones serán en torno a proyectos de nación y no plebiscitos que atañen puramente a los liderazgos. 

  1. Izquierda nacional-popular e izquierda progresista, uníos

No está muy claro que es lo uno y que es lo otro. Al menos no lo está en el habla común. Y más allá de las definiciones teóricas más o menos conflictivamente consensuadas de la academia (lo «nacional-popular» como «movimiento de nacionalización-ciudadanización de las mayorías»; y lo «progresista» como «movimiento opositor al conservadurismo cultural y a favor del progreso social») lo importante, en términos de la discusión pública, es reconocer la relativa autonomía de estos dos momentos del continuum centro-izquierdista. E insistir en la inutilidad del desencuentro. Adviértase: no podemos permitirnos esa fisura. Por consiguiente, es urgente insistir en la revisión del programa morenista, e incorporar sin tibiezas la agenda de las luchas contemporáneas por los derechos civiles, tales como el ecologismo, el feminismo y la sexodiversidad. E igualmente integrar al horizonte progresista la lucha por la soberanía nacional y la ciudadanización de las mayorías desposeídas. Uníos, es el mandato actualizado a los tiempos que corren. 

  1. Sin formación no hay transformación
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Alfabetización política es la obsesión común de la militancia de base de la Cuarta Transformación. México fue el penúltimo país latinoamericano en transitar el momento nacional-popular-progresista, sólo adelante de Colombia si descontamos el accidentado gobierno de Ernesto Samper. Ello se debe parcialmente a la nociva proximidad geográfico-económica con Estados Unidos y a la secuencia de fraudes electorales que prohijaron las élites nacionales. Pero también influyó la desmemoria y la estigmatización de la política, que produjeron una suerte de amnesia colectiva cuando no un desconocimiento total de la cosa pública. Prevaleció, en la era neoliberal, la oferta de soluciones individuales a los problemas colectivos. La tarea histórica del obradorismo es diseñar e implementar soluciones colectivas a los problemas colectivos. Y para ello es necesario amplificar el aprendizaje básico de la ética-política y de la praxis política. Sin maíz no hay país, y sin formación no hay transformación. Tal agenda no corre solamente por la divulgación/socialización de las acciones de gobierno (sin duda imprescindible); sino también, y acaso principalmente, por la instrucción política de las bases. Y allí hay un déficit inocultable. 

  1. La guerra mediática no mata pero tampoco fortalece
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El asedio mediático pasó factura en la elección intermedia. Unánimemente reconocemos tal influencia tóxica, desde el Presidente hasta las bases del partido. Si consideramos el tamaño, presupuesto y alcance de los medios de comunicación privados, estamos tal vez frente al gobierno más atacado de todos los tiempos. Ojo: lo de los medios no es «crítica» porque el pensamiento crítico es racional, reflexivo e intrépido y no apenas esa vulgar objeción rudimentaria que ensaya torpemente la prensa corporativa. Es ataque burdo, guerra en el sentido que lo han descrito algunos académicos como Aranxta Tirado o Fernando Buen Abad: a saber, persecución mediática con fines de «homicidio moral»; divulgación hasta el hastío de mentiras para minar la legitimidad de un liderazgo político adverso a los intereses de los dueños del dinero. 

Más de una vez el Presidente López Obrador ha dicho que la calumnia cuando no mancha tizna. Y tal es exactamente el objetivo no declarado de la desleal cobertura mediática en torno al nuevo gobierno. Si no se atiende el desequilibrio comunicacional que priva en México (el país con la mayor concentración de medios entre las naciones de la OCDE, y donde más del 70% de las notas escritas son abiertamente adversas al gobierno), la prensa corrupta seguirá infligiendo derrotas al movimiento incluso allí donde la tradición y/o las condiciones objetivas prefiguran una preferencia por la transformación (Remember Cdmx). Insisto: urge una ley de medios que regule las comunicaciones. 

  1. La última generación de electores no traga sapos

No nos engañemos: el exceso de pragmatismo es adverso a la causa morenista. Una cosa es pedirle a la burocracia del partido que trague algún sapo por razones de cálculo político, y otra muy diferente poner contra la pared al elector y pedirle que vote por algún impresentable. La última generación de electores no traga sapos. Y esa vieja fórmula de la realpolitik sí castiga electoralmente. Ergo: más luchadores sociales en las listas de candidatos y menos anfibios coludos. 

Arsinoé Orihuela Ochoa
Arsinoé Orihuela Ochoa
Politólogo, periodista e investigador. Cursó estudios de grado y posgrado en Estados Unidos, México, Colombia y Argentina, en el área de ciencias sociales y humanidades. Columnista de La Jornada Veracruz y analista político en diversos medios digitales e impresos.

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