Asistimos a la antesala de eso que los heraldos de las epopeyas políticas llaman “la elección más grande en la historia de México”. Y ciertamente no es exuberancia. Las elecciones intermedias de 2021 constituyen, cuantitativa y cualitativamente, un evento político mayúsculo para nuestro país: se elegirán a más de 21 mil funcionarios públicos, y están convocados casi 95 millones de electores.

Además de las magnitudes numéricas del proceso –por supuesto inéditas–, la relevancia de este proceso electoral radica en su inexorable significado plebiscitario: el obradorismo gobernante asiste a su primera gran prueba de fuego. Esta elección puede definir la consolidación o desaceleración de la llamada Cuarta Transformación –que es la promesa de cambio enarbolada en los comicios de 2018 y que muy decididamente apoyaron en las urnas poco más de 30 millones de ciudadanos–.

En este sentido, el Presidente Andrés Manuel López Obrador y el partido-movimiento Morena están básicamente frente a un proceso de refrendación –aprobación o rechazo– del proyecto político que conducen. En reconocimiento a la trascendencia del evento en puerta, volvemos a la examinación del obradorismo, sus principios, significados, agendas e ideas centrales. Cabe hacer notar que este ejercicio de las tesis políticas no tiene pretensión de exhaustividad; tan solo aspira a contribuir al debate en curso acerca de los alcances/limitaciones, fortalezas/debilidades y rupturas/continuidades del programa obradorista. Y considero que tal empeño es particularmente relevante en la antesala de una elección tan definitoria. 

Tesis VI: Si la gran aportación política del obradorismo a la vida pública es el afianzamiento de una «oposición» y –su correlato– la «competencia electoral», tal conquista solo fue posible gracias a la construcción exitosa de una fórmula movilizadora e intrépida. Movilizadora e intrépida en el sentido de que condensa una vasta gama de reivindicaciones, y que tal condensación tiene eco entre las multitudes. Y exitosa porque gana elecciones con insospechada solvencia. ¡Y en el país del fraude electoral! Vale decir: redefine el horizonte del «cambio posible», y actualiza las posibilidades institucionales del cambio. La hazaña es acaso doblemente meritoria: la fórmula prosperó en el contexto de un reflujo del impulso progresista en la región y el mundo.  

Tesis VII: Al actualizar las posibilidades institucionales del cambio, el obradorismo resignifica la noción de «crítica»: básicamente la integra al «orden político». La «crítica» deja de situarse «afuera» de la política o “tan evidentemente” en las antípodas del Estado. Expira la idea de que la crítica política es sólo acabada e incontaminada si comparece fuera de la política. La «crítica» desciende del más allá y ancla en el más acá. Agoniza el espejismo del «afuera». Y se produce un cisma en el campo intelectual en el momento en que la acostumbrada «unanimidad opositora» actualiza/resignifica posiciones. Dicho de otro modo, el obradorismo pluraliza la «crítica». E integra identidades políticas otrora inconexas.  

Tesis VIII: Si el neoliberalismo consistió en ponerle límites al poder político, el obradorismo es la apuesta por ponerle límites al poder económico. No pretende abolirlo; ni siquiera obstruirlo. Si acaso aspira a establecer los contornos de cada «campo». Y, en este sentido, la radicalidad de los programas sociales descansa precisamente allí: no tanto en el efecto ecualizador o el carácter redistributivo –aunque tampoco cabe desconsiderar tales propiedades–, sino esencialmente porque engendran nuevas relaciones entre gobernantes-gobernados, sujetando el presupuesto público a la fiscalización y «participación» ciudadana –participación de los beneficios y no tan sólo de los costos–, y, por consiguiente, escalando el control que sobre la cosa pública ejerce el soberano. Al potenciar la presencia de intereses populares en las acciones de gobierno, el programa social obradorista decomisa a los dueños del dinero una columna neurálgica del Estado –el presupuesto público– otrora capturada ilícitamente por ellos. Excluye e integra. Establece fronteras. 

Tesis IX: Los programas de bienestar del obradorismo también envuelven una función pedagógico-política. Si –como ya se ha dicho– un momento crucial del continuum obradorista es la repolitización de la política, este fenómeno no es producto de una circunstancia puramente inmaterial: reposa en resortes concretos. El programa social es uno de tales resortes. Así, la política concreta resuelve problemas concretos del ciudadano concreto. Y ello contribuye decisivamente a restaurar la confianza de las mayorías en la política. Si el neoliberalismo alentó la radical despolitización de los pueblos e individuos, profetizando el agotamiento de la política e inoculando artificialmente una repulsa por ella (antipolítica), los programas sociales desafían osadamente el espectro epocal. En este sentido, el obradorismo significó –significa– una inmunización colectiva contra el virus de la antipolítica, efectiva tanto para la cepa del apoliticismo burgués como para la variante más maligna del “odio por lo público-estatal”.

Tesis X: Incluso tales niveles de autonomía de la dimensión político-estatal no garantizan una «ruptura» con el «sistema de explotación». Y también es claro que el obradorismo no aspira al rompimiento radical de ese orden ni a suplantar la ruta revolucionaria del cambio. De hecho, la desavenencia que a menudo asoma entre las izquierdas, y en particular respecto al capítulo obradorista, radica esencialmente allí: unos creen que se trata de un reformismo fútil e intrascendente; otros consideran que es la condición de posibilidad del desencadenamiento de cambios más profundos o prometedores. La furia de las derechas mexicanas comporta un indicador de que el segundo razonamiento es plausible: el «cambio posible» obradorista no es una fuerza disuasoria sino un potencial catalizador de voluntades transformadoras. El obradorismo sembró expectativas de cambio. Ya nadie tiene control de la cosecha. 

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